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27/1/10

Jorge Bayo, captar el alma en 30 minutos



Bernardo Díaz

"Ya te tengo. Estoy muy cerca. Casi". El rostro de la retratada se empieza a intuir como una sombra que acecha y al pintor se le cae por descuido un gesto de alivio. Es consciente de que en el trazo que está realizando justo en ese momento está contenido el punto crucial en el que el retrato será o ya no será jamás.

Así que pese a su locuacidad natural, calla. Es ahí en la cara que ahora llena de suaves rasgos donde, si la hubiere, reposa el alma de la persona. El pintor prefiere volver al cuerpo y a los detalles de la indumentaria antes de acometer el destino del cuadro.

30 minutos. Tan sólo media hora le basta al artista para reproducir al óleo la esencia de la persona que tiene delante. Ese es el tiempo que se concede Jorge Bayo (Madrid, 1964) para captar y plasmar sobre la superficie de plástico poliéster ese rasguño indeleble que le hace único y perfectamente reconocible. Cuatro años lleva con el proyecto Como nosotros retratando seres anónimos con la idea de "formar un atlas gigantesco".

La casualidad es la que se encarga de colocarle rostros anónimos frente al lienzo. "Al principio me ponía en una esquina y contaba diez personas. La número once es a la que abordaba para pedirle que posara". Después de varias exposiciones en el Musac y en una sala de Segovia, son los propios interesados los que le suelen abordar.

En la galería Ansorena, donde estos días expone parte de su obra, le dedicó la mañana del sábado a este ambicioso e inagotable trabajo que reconoce le deja exhausto. ¿Por qué media hora? "Porque es el tiempo justo para juntar el gesto con la técnica y no pensar". Así no interpreta, ni enjuicia aquello que ve. "La pintura va por delante de mí y hay un momento en el que ya no soy yo el que pinta".

A veces el retrato se le tuerce desde el principio, "lo que me obliga a encontrar una solución que no creía que existiese". En otras ocasiones hay un desfile de colores y formas delante suyo tan exagerado que no tiene más remedio que acortar buscando la síntesis.

Pese a que los retratados posan de pie, delante de él, se ha dado cuenta de que cada individuo tiene su particular forma de permanecer, de tal forma que al juntarlos todos en la misma pared "parecen un ballet".

Antes solía colocar a aquellos que iban a posar justo delante de él. El pintor madrileño prefiere ahora que se sitúen a su espalda para que sean más conscientes de lo que está ocurriendo sobre el lienzo y menos conscientes de ellos mismos. "Es más incómodo pero me sirve para que no adopten una postura defensiva".

Pese a los 30 minutos de rigor, en estas pinturas se encuentra "toda la mitología del retrato que desde siempre ha planteado la posibilidad de perpetuar la identidad del ser humano". Con esa idea de inmortalizar a cualquier ciudadano a tamaño natural, Bayo los capta tal y como son. "La esencia del trabajo es la aceptación", y reconoce que a veces siente que sus cuadros respiran más que los propios retratados.

"Aunque resulte pretencioso decirlo pareciese que los retratos tuvieren más vida que los retratados". En total debe llevar unos 300 y la historia continúa. Si usted quiere vivir la experiencia de ser captado y pintado puede ponerse en contacto con la galería Ansorena (Alcalá, 52).

El pintor sigue hablando, postergando el momento de volver al rostro. "Ya no puedo retrasarlo más, ¿qué hora es?". Aún le quedan diez minutos y puebla las cejas con un fino pincel manchado de negro y con el mismo instrumento le pinta las pupilas y las aletas de la nariz. Su retrato ya respira

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